Viene. Sé que viene. De tanto y tanto insistirle, vendrá.
-¡Ay! ¡Tengo maripositas nadando en el estomago!-.
Ya de rayar en la solicitud, ¿vienes?, sé que vendrá porque él siente mi necesidad de sus besos.
-¡Ah, necesidad de sus besos, de ese cuerpo, de esa esencia… qué dulce esencia!-
Lo espero. He contado uno a uno los días para que llegara este día. La luna ha desfilado por las narices de todos los transeúntes sus distintas posiciones: llena, menguante… y por las mías, la caravana ha sido larga.
- ¡Estoy que me como las uñas!-
Tengo tantas cosas que decirle… cosas estúpidas, pero… qué pena… total, al fin al cabo, los enamorados decimos estupideces.
-¡estoy que me muero de la risa de mi misma!-.
…mmm… y si me da por… ya… es muy probable que no hable. Siempre me ataca el mutismo. Mi silencio siempre es todo partidario de lo que quiero decir. Entonces… ¿¡no estoy enamorada!?
-Recorcholis, él siempre me enreda la lengua!-
¿Qué pensará cuándo me vea? -¡Allí está, sigue igual!- aunque él crea que sigo igual, yo puedo afirmar que he cambiado, que he podido navegar los cráteres de la luna y salir ilesa… ¡mírame, tengo mi primeras arrugas y el alma ya no me pesa tanto!
- ¡Mecachis, me hago nudo en mis cabellos!-
¿Cómo vendrá, en carro, a pie, en burro… o como lo sueño: en un caballo blanco?
-¡Ufff, me muerdo los labios-
¿Me sonreirá? Así sea por burla, necesito su sonrisa.
- Las puntita de los dedos de las manos siempre están frías cada vez que lo veo-
¿…Será de su agrado que le cuente que cada noche peleó con sus poemas, con los que me hace llorar? Los tiro de la cama, y luego, dulcemente los recojo y guardo en mi pecho para después releerlos y terminar estrellándolos violenta y nuevamente contra el suelo, arrugados. Mi mamá los aglomera y aconseja: no creas nunca en un poeta.
…Yo sigo con oído sordo su sentencia… sigo, y vuelvo a guardar sus poemas. ¡Esto es de estúpidos!
-¡Oh, oh! ¿Cuándo llegará? ¡Estoy que me orino!-
¿Qué libro le digo que me he leído últimamente: El poeta sin parpados, el que parece a él? No, mejor no. Le digo que no he salido de Coelho, Kafka, de la Biblia y de los libros de economía…eso ha sido así.
-¡Estoy que brinco, parezco un canguro!-
-¡Ahhh! ¡Llegó!
- ¡!
- ¿?
- ¡!
- ¿?
- ¡!
- ¿?
- ¡!
- ¡!
- …¿?
- Gris… bandera gris.
-¡Claro, era de esperarlo! ¡No me sorprende, pero me ha clavado un misil en el estomago!, aunque también sonrío-.
-¡!
-¡!
-¡!
-¡!
-…
-…
- Para mis adentros: …mmm… ¡Con tantos nombres a mí alrededor queriendo izar banderas de alegres colores en mí, y me vengo a tropezar con este y su triste color!
¡Jo…!
¡…Y a pedirme lo que tanto aburrimiento me da!
¡Jo,jo…!
¿…a enamorarlo, yo? Me ha pedido un imposible. Siempre ha sido así: entre un galanteo y los libros, los libros. Entre el galanteo y los estudios, los estudios; entre el galanteo y el tiempo libre, el tiempo libre; entre el galanteo y mi descanso, mi descanso; entre el galanteo y una fiesta, la fiesta; entre poesía y economía, economía; entre…-
- ¡Je!, Esto es de “retroalimentación”, amigo. Su fuerza tampoco ha sido tan grande como para mantenerla ilusionada, ya ves – habla la razón.
-¡Ja,ja! Sabes que ella en cualquier momento -no sé cuándo- puede ceder. Va de babieca, ¿no ves? –se defiende el límbico vecino.
M.R.
Para Alejandro Brocantti
De fondo, un ulular pasionario y mortuorio de búhos seniles acompañaban el encuentro de dos amigos, debajo de aquel redondel argentino que sellaban los gestos con sus plomizos hilos. Las palabras de aquel hombre empañaban toda mirada: se hacía llovizna al pronunciar tu corpórea existencia, al clamar tu llegada. No más aguardaba en la caja musical de su torso, mis manos, y, la ilusión de darte, en el hado arrullo de un mimo azulado, aluzado, la primera bendición. Moribundamente viva contemplaba su exaltación, mientras mi lengua y el pecho y la espalda y las entrañas se lastimaban con el látigo purpúreo vírico del arrepentimiento: no te alimentarás de la ambrosía de mis pechos, aunque tu padre te insista revelar, ya de adulto, que fuiste alucinado y concebido muchas veces en mi vientre y en su boca. Aunque él insista que te diga “hijo”, mis labios casi despoblados, álgidos, enlunados se quedaran mudos por el triste nudo que mi garganta siempre llevará.
El padre de mi hijo
dejó de existir
antes de que este
se lograra concebir.
El padre de mi hijo
se volvió sonoro
voces de un fantasma
en un calabozo,
se volvió sombra
de la misma luna llena,
se volvió quimera
entre mis sollozos.
El padre de mi hijo
vaga en la plaza,
en el bar, en la cara
de sus propios amigos.
Vaga por el boulevard
de los besos pedidos,
merodea el lugar
de los tiempos idos,
dejó ecos en el recital
de versos prendidos.
El padre de mi hijo
murió por voluntad propia;
del techo la amarra
-una mosca en la boca-
y en el aire su cuerpo
que lo soporta.
El padre de mi hijo
murió en el Ateneo
dentro de una ronda
de bellos versos
siempre, siempre …ajenos.
Al padre de mi hijo
no lo quiero ni en claras
ni en vidas oscuras.
Él para mi ya no existe,
está colgado
a su propia atadura.
MR
“-¿Qué tiene esta tierra que me retiene?
-Petróleo y un alma intentando poesía.”
Para Cedhot Arias y Enrico Espino
Se supuso desde un principio que Juan Manuel sabría algo de literatura, ya que, según las lenguas viperinas de las muchachas, era español, y sobrino de Antonio, el papá de Fabiola, también español.
Se supuso eso porque cuando lo llamaron “Manolo”, el neurótico de Pablo Emilio –el mayor de todos en el grupo- dijo que tenía un gran parecido a Bécquer.
Pablo Emilio, quien, pese a adorar los números y andar con la braga roja característica de su trabajo, comenzó a recitar: “Volverán las oscuras golondrinas/en tu balcón sus nidos a colgar,/y otra vez con el ala a sus cristales/jugando llamarán”.
Era divino ver a cada uno hablando, leyendo en voz alta y recitando cualquier escrito. Se necesita un momento relajante de fin de semana para combatir el estrés ciudadano, y ese era el momento; la literatura, el escape.
Manolo, por suerte de su señora madre, había llegado a Venezuela. Sabía, además de ese español hermoso (de cuyas “s” y “z” se le pegaban de la lengua como cuando un perro lame fervorosamente la mano de su dueño), el idioma francés.
Se había graduado por allá en algo que tiene que ver con la comunicación.
Manolo interrumpió el cuchicheo de las chicas, alzando su voz: “Volverán del amor en tus oídos/las palabras ardientes a sonar;/ tu corazón de su profundo sueño/ tal vez despertará.”. El muchacho al entrar así, recitando tan dulcemente aquellos versos, con el buenmozo semblante, provocaba reverberar de azul.
-…Un suspiro profundo.-
-A veces -dice sonriente Fabiola- hay que volverse romántico, para ver si, por lo menos, uno vuelve a enamorarse de la vida.
-Si yo hubiese sido Bécquer- se alza Manolo- si yo hubiese sido poeta… a pesar de morirme de hambre y de mendigar un par de zapatos, la mujer de mi vida hubiese sido poetiza.
- La llamarían… ¿Poetiza o poetisa? suena lo mismo-(enfatizando la “iza, isa”): Poetiza. –pronuncia un chico invitado.
-Otro suspiro profundo…-
-¡Claro! Poetiza, la mujer del poeta.
-¡Lástima!-Pablo Emilio le golpea suavemente el hombro a Manolo- Tú sabes que “Poetiza” es la mujer que compone versos y no lo que estás diciendo.
-¡Hombre! Déjame pensar en pajaritos peñados. Además, se supone que me hubiese encontrado a una mujer igual… que le gustaran los versos, el español, el amor, la ilusión…
-Mil suspiros más…-
Soltaron la carcajada.
Allí va una que llora. -¡Oye, deja el romanticismo para otro momento porque vamos a terminar con un vulgar despecho!-
Más carajadas de burlas.
¡Oh, Poetiza!- Otra vez Manolo con su zeta bailarina, zigzagueante, tratándose de espigar verticalmente. Esa zeta que se siente para ensalzar y reverberar. ¡Esa zeta que me degolla dulcemente!; que me pone a moco suelto a llorar por la autoflagelación en carne y verso. Sí, en “carne y verso” y no en “carne y hueso”.
-Aquí hay un doliente.- Fabiola no soporta más. Sus ojos quieren gritar. Para callarlos, pone a sonar un merenguito bien bailable, y…concluida la lectura, concluida la discusión, concluido el recital.
MR
Para la depresión, chocolate. Para la tristeza, chocolate- había dicho la Dra. Millán luego de salir del consultorio con su última paciente.
Para celebrar alegrías y tristezas, chocolate. Por favor, toda seria y con la responsabilidad económica de quien compra, véndame la copa más grande de helado de chocolate que tenga. El joven, quien le atiende, se sonríe porque sabe que cada vez que la muchacha pide una copa de tan gran tamaño, algo de su interior está a punto de explotar. Necesita desplazar lo que siente, y con el chocolate, pasa de lo afligido a lo sonriente.
Servida y cancelada la gran copa, se sienta en la primera mesa a mano derecha. Una joven y humilde pareja pide una sola barquilla de helado para ambos: lame ella, lame él. Lame ella, lame él. ¡Guácala! La muchacha mira de reojos, y unas palabras crudas e irónicas de la Dra. Millán llegan a flote: comerás con él como si fueras un perro, probarás tu propia comida con la babosa saliva de él… ¡vida de perros!… ¿Romántico aquel gesto? ¡Asqueroso! A punto de desembuchar las primeras cinco cucharaditas de helado, la muchacha prefirió entretenerse con los mensajes de textos del celular y tragar.
La gran copa llevaba en el iceberg más alto, la cereza. Y en el lado izquierdo, enterrada en la fría crema de chocolate, un crocante palito de galleta. Tenía de adorno visual y gustativo, lluvia de colores y sirope de chocolate. Era una gran copa cuyo valor correspondía al costo casi de un día de trabajo de ella. Y obvio, era de suponerse que, a quien ella esperaba, jamás le regalaría una copa igual. Ni le nace.
Cuando llegó el tipo, porque es un tipo, ella reaccionaria contestó:
-Ni creas que te voy a dar helado de acá. Si quieres pides uno y yo te lo cancelo.
El muy baboso y primitivo respondió a una simulación de comerse ese helado sobre el cuerpo de ella. ¡Qué babosada! Para andar en mentes así y en estas circunstancias, no es más que otro chorro de babas de su parte.
…Y comienza a explotar la joven. Porque ya van cuatros años de desmoralización en su persona. El problema tiene cuatros años. Que no les crea a los demás porque los demás ¿mienten? ¡! Que no encuentra “solución”, cuando en realidad quien no encuentra solución es aquel que no la quiere encontrar, y punto. No más vida de perros. Que se rechazó aquella opción de alquilar una casa, porque ella fue cobarde -quizás- sin pensar que ella misma no da un paso en falso; ¡no es cobarde sino decidida a dar lo mejor!, que no piensa vivir como gitana terrenal ni emocionalmente …y para él, ah! Sí! Para él sí va a existir la estabilidad. Cuádruple estabilidad. Al diablo todo! Y él lanza: “¿Porqué tanta amargura?” Pregunta idiota, o el idiota es él a “atreverse” pronunciarla. ¿Amargura? ¡No vale! Estoy feliz y contenta, no ves… ¿no ves que busco la felicidad? ¡Estoy alta de vivir lo mismo, de que me provoques lo mismo… hasta asco me das!
Y la “linda” parejita a punto de terminar la barquilla: lame ella, lame él, lame ella, lame él. ¡Aún más asco! No mirar, por favor. Vuelve hacia su gran copa de chocolate, de rico chocolate. Es preferible disfrutarlo sola que mal acompañada.
…¿Y la amargura? Embarrada con chocolate, sabe a chocolate amargo. Sin embargo, cancelado el tipo, cancelada la amargura, ¡y qué vivan las grandes copas de helado de chocolate!.
Eso sí la hace feliz.
M.R
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!
Canción de Otoño en Primavera
Rubén Darío
Lo siento, Adriana. Perdóname. Perdóname por tratar a tu padre tal y como lo hago. Él no se merece nuestras existencias. Fíjate cómo te cambió por otro de sus hijos, por un medio hermano, y tú, bajo tu condición de mujer quedaste abandonada, desprotegida, como yo. Te cambió por una mentira, por una baja mentira. Y él se excusa con decir que esa realidad no la sabía. Que no la podía evitar. Irresponsable, Adriana, él es un irresponsable del amor. Se lució frente a su familia –y mis amistades- con aquella tercermundista, y con otro tercermundista a traer, que hoy existe y es la desgracia. Él es el símbolo de la desgracia, del odio.
Nada le importó. Te dejó pequeñita, sin contemplar tus primeras palabras, tus sonrisas. Te dejó de maraquitas y pañales para venirse hasta acá a traer a nuestros mundos la desgracia. Él lo prefiere, y a ti y a mí nos dejó en el limbo. Cuando más lo necesitábamos y lo amábamos, nos dejó. Ves Adriana, es injusto todo lo que ha ocurrido. Me duele y sé que a ti también. Cuando estés más grandecita, y comprendas el dolor que yo siento, con profundidad también te irá a tocar.
Que lo perdone, ¿cómo? Él que la hace una vez, la hace dos veces. Ésa es la voz de la experiencia. Aunque muy en el fondo parezca ser un individuo de fuente clara, su andar es grosero, humillante. Contradictorio. Prefiere hacerle compañía a los seres de la desgracia que a nosotras, Adriana. Si ha de estar entre nosotras, es sólo por minutos, pero a ellos, Adriana, les da la vida entera. Y él mismo sabe que aquellos no se la merecen.
¿Sabes Adriana? Las heridas físicas pueden cerrar rápidamente. La costra sale y es muy leve la marca que queda. Pero las heridas emocionales, Adriana, son un cáncer entre las venas, entre lo etéreo, a lo que llamamos sentimientos. Y te explico esto, Adriana, porque tu padre no logra comprenderme. Pese a mi particular “intelectualidad”, no logro sanar la herida. Soy una bruta con mi inteligencia emocional, y poco a poco está acabando con mí ser. Que no me siento mujer a toda plenitud; me siento el animal más pequeñito del mundo, sin género, sin función, sin misión, sin importancia. Y sé que esto te lastima, te ofende Adriana porque eres igual que yo, mujer.
Adriana, tu padre significa muchísimo para mí, pero lástima, él no lo entiende. Él sabe que es mi muro de fortaleza. Por él mismo es que aún hoy en día estoy con vida y puedo escribirte. Procuramos un pacto “de no herida”, pero él insiste tácitamente en recordarme su error. La solución, Adriana, es olvidarlo, obviarlo. Considerar que está muerto… o más que muerto, porque al menos a los muertos se les recuerda. Con ello Adriana, he de cerrar un ciclo en mi vida y un recuerdo de ti. Si él ha de cambiar, Adriana, tal vez parte de mi alma lo recibiría gozosamente y la otra parte de mi alma lo seguiría odiando.
Perdóname Adriana, por despedirme de ti así.
Perdóname princesa porque ya no hay más nada que contar y que cantar.
M.R
Que la teoría del profesor sobre la vitalidad de la mujer y su relación de proporcionalidad con respecto al hombre ha dado vueltas en el cerebro de los muchachos y cause debates, es cierto. Que la teoría de mi padre sobre la célula madre y los cromosomas masculinos -muy femeninos ellos ya que los cromosomas del hombre también contienen a la X- se vuelvan al final de todo hacia sí misma, produciendo en consecuencia y en totalidad sólo mujeres, es muy aceptable. O al menos para mí.
Que a la final hay pocos hombres de verdad, verdad, y queden disponibles para, al menos, gozar los deleites de la piel y –quizás, si la ciencia anticonceptiva no le gana primero al ciclo bioquímico del cuerpo- para tener hijos y no quedar “sola”, también es cierto. En conclusión, nosotras, a esta época que estamos viviendo, tendremos, entonces que “compartir”.
Dicen que la naturaleza del hombre es ser un “bicho alegre”, él sí se comparte. Y a él no se le puede juzgar. Pero si es una mujer, ¡Dios y la salve de la lengua de todos! Él si puede ir repartiendo sus genes por todo el poblado. Obvio, universalmente siempre hemos estado en una sociedad machista y retrógrada. .
Yo odio profundamente la paternidad y maternidad irresponsable. Y ojo, el “responsable” no quiere decir que cumple con el 15 y 30, sino que ese ciudadano además, debe estar consciente de no hacerle daño a quien tiene como pareja o progenitor de sus hijos.
Me asquea profundamente un ciudadano de esa naturaleza. ¡Y mire cómo la vida me los cruza en el camino! Creo que es realmente un karma que aún estoy pagando. Lo único que pudiera acreditar para que un hombre tenga tantos hijos y de diferentes mujeres, es que esos hijos sean en un futuro “ejercito defensor de la patria”. Y con todo y eso, no me gusta la idea. Me parece de “Trucutrú”. O al mejor estilo del rey Ramsés II, de quien se dice tenía unas 40 esposas y 240 hijos e hijas aproximadamente.
X.Y. es uno de esos que tiene esa concepción de hombre. Y apenas tiene 17 años. Su hermano mayor, 10 años más que él, es un hombre de esos: “Trucutrú”. Casado, pero no capado, como se dice, “tira el gacho” para ver qué comento. Mi respuesta: no mantendré a viejos sin real. Porque, aparte de viejo, la plata la tiene que repartir por todo el Estado. Prosigo: la única forma que conciba este tipo de relación es que compres una casa muy grande, nos reúnas a todas nosotras y a todos tus hijos e hijas y vivamos felices. Hacemos un “programa semanal” para “atenderte”, cada una de nosotras debe de trabajar y prepararse… y colorín colorado, todos felices y casados!. ¡Un harem occidental! ¡Biiiiennnn! Y me pongo a aplaudirme y reír.
Por un lado está la formación filosófica y religiosa de uno, que es un tema muy serio. Y por el otro, el relajo de la vida cotidiana, que es ésta. Sin embargo, como siempre he dicho, cada quien que haga su vida como mejor le parezca.
A mi lo que me preocupa es lo de la teoría del profesor y la de mi padre. Por eso puede decirse que lo más probable es que tenga que pertenecer a un harem no por convicción, no. Por simple y pura teoría.
Y no dude usted, señora, que su esposo pueda ser el Ramsés, y su vecina, desconocida, hermana, coterránea, amiga, enemiga, sean las demás esposas. Tal vez y me anote en una de esas. ¡Qué mas queda!
M.R
…y otro, y se los tragó todos… y comió tanto, tanto, que se acostó a dormir”: así narraba un cuento que venían en disco de vinil, comprado por mi abuelo para mi papá. Ese disco pasó de generación en generación. Mi abuelo, en ciertas ocasiones, lo narraba con tanta pasión que él llegó a convertirse en mi cuentacuentos preferido. Recuerdo frescamente ese instante en que el pollito se escapó del corral y en el camino encontró tantos gusanitos… ¡y el muy glotón se los comió!
Yo repetía a coro esas frases.
Contaba mi abuela, la mamá de mi papá, que esa aventura del pollito hizo que mi señor padre le tuviese aversión al pollo. Una fijación profundamente nauseabunda alejó a mi padre de un exquisito pollo asado, o frito o sancochado. Como sea, al pollo lo detesta. Comerlo es una tortura. Y para Mariely José, es una inmolación en su gusto.
A Mariely José, mi hermanita, le regalaron un “pollito colorado”. El pichoncito de color verde creció de tal magnitud que, de “El pollito” pasó a llamarse “La Clocló”.
La Clocó era dueña del patio. Se pulía las espuelitas, se echaba en el matorral, limpiaba sólo su espacio. Era típico verla absorber desde su pico algo claro y largo proveniente de la arena. Mariely José, niña curiosa al fin, preguntó qué cosa extraía La Clocló del piso. Y yo contesté: “…Y un gusanito, y otro, y otro y otro, y se los tragó todos…” Mariely, inmaculada, respondió: ¡yo no comeré más pollo!
…Y si supiera lo de las cucarachas…
je, je.
M.R
La joven había llegado muy tarde para la clase. Demasiado tarde. No quedaba más remedio que sentarse de última, si acaso encontrara pupitre, o quedarse parada al menos para escuchar el palabrerío del profesor. Algo de esas palabras revolotearían a la hora de examen.
Sí pudo sentarse. Encontró un puesto libre en la tercera fila, de derecha a izquierda, en el puesto 14 de un gran salón.
En la pizarra blanca acrílica, muerta, kilométrica, el profesor no escribía la clase. No. Dibujaba para su explicación carritos chocones, bombas atómicas, ríos, inyectadoras… Y explicaba el concepto con aquellas imágenes. –Buena táctica para que el cerebro grabe las cosas-.
Explica, que te explica, que te explica… concentrado a mil en sus obras artísticas mientras los labios pronunciaban enunciados científicos. La joven imaginaba cómo Isaac Newton se explicaría la gravedad. Y entre pajaritos imaginados, Newton con su poder matemático y los bla, bla, bla del profesor entre las líneas enredadas de sus dibujos, seguía la clase.
De la ciencia, el profesor pasó a la política. ¡Ah, la política! –El trabajo de ustedes dependerá de quiénes sean sus jefes y de qué tendencia- …la tendencia. ¿Tendencia? La imaginación no tiene límites. La tendencia de un militar bailando samba con unas minifaldas y la chaqueta de soles puesta. Medio cuerpo vestido, medio cuerpo semidesnudo.
Y criticaba los de su no-tendencia. Pendejos, llegó a decir. Un reviro de ojo, ¡odiar que un profesor suelte groserías en el salón! y que mareen a todos con su “tendencia”. Interrumpió, vio el cansancio del salón de sus tantos planteamientos y sus risitas jocosas. El profesor siguió, pero a baja voz, con su protesta, su risita y su tema de política.
La joven, para completar con su desagrado, no podía ver. Ella sufre de miopía. Lástima. Llegó el momento de retomar la clase en seriedad y de escribir en aquella pizarra blanca acrílica, muerta, kilométrica, ahora con el marcador rojo. –El profesor insistía a baja voz con su tema político-
El negro y el azul de lejos se ven muy bien. El rojo, un rosado diluido que parecen caminitos de cupido en textos sensibleros.
-¡Rojo no, por favor!- pegó un grito la muchacha. Y él profesor volteó con un gesto de molestia mayor.
-¿Cómo que el rojo no? El rojo es el que manda.
Y la muchacha entre la media oída de la clase, la distancia larguísima entre ella, la pizarra y el profesor y su imaginación allá por el siglo de Newton, volvió a decir: El rojo no.
-El rojo no por favor, porque no lo veo desde acá.
Y todos voltearon a verla con una risa de burla.
-¿Y por que el rojo no? Si el rojo es el que manda- Insistía el profesor.
-Si acaso, el rojo para el hilito dental de una noche de pasión.
MR
Aquello parecía un espectáculo de circo. Nuestra tía aplaudía, sonreía y lagrimeaba al mismo tiempo. Ella sabe que nosotros, el grupo de jóvenes que se reúne en su apartamento, cuando nos enamoramos, sufrimos de “locura incontenible de amor”. Somos capaces de llenarle el cuarto a nuestro reverberante amante, de globos. Hacerle la mejor comida del mundo, en el día de su cumpleaños. Pintar graffitis con su nombre, hacernos tatuajes con su nombre, gritarle al mundo que se le ama con si fuera infinito… como si ese reverberante amante fuese un dios.
Alessandro llegó con el grupo de la parrandita, un manojo de flores de mil colores en sus manos y cantando melodías romanticonas para reconciliarse con esta mujer.
-Pues no, he dicho.
-Pero míralo mujer, es tan bonito. – Decía María Elena – Vuelve con él… anda.-
Espera.
Lo contemplamos un rato.
Cantaron desde melodías terricoleras: Mari es mi amor / solo lo con ella vivo la felicidad…, vallenato: Por eso traigo cuatros rosas / en mis manos…
De todo, tocaron y bailaron. Las personas de los apartamentos vecinos estaban embobados viendo la rumba musical romanticona que formaba Alessandro y su grupo. A la izquierda, en la planta baja, se encontraban algunas personas en la pizzería, igual de idiotizadas. Muy guapetón él, apoyado por los muchachos, creía que se la estaba comiendo. Cierto, se veía tan bonito y rebosante… sí se la estaba comiendo… estaba tan lleno de amor y entusiasmo… ¡ah! –Suspiros-
No. Dura como un yeso.
Si fui demasiado cruel conmigo misma e impulsiva, que acabé con mi propia fiesta de quince años por ver a mi primer novio besarse con una “amiga” en plena pista de baile, y formé un escándalo “balurdo”, pero heroico… si fui templada para sacarla de la fiesta por los cabellos, con todo y “traidor”… también soy valiente, ahora mucho más adulta, de romperle las flores por la cabeza a este zagaletón y darme el puesto, que por ley natural me corresponde. Por mucho amor que él me tenga: no.
Bajé las escaleras como un demonio, ciega de rabia. Al encontrarnos de frente, él sonría, con la mejor sonría que pudo haber dado, parecida a la primera que le regaló a su madre. Sus bellos ojos color caramelo estaban muy luminados.
-Ya ves…. Las cosas no se arreglan así. Conoces mi ley: nunca vuelvo a las relaciones pasadas. El error tuyo fue haberte descuidado; me desvalorizaste, no me tomaste en cuenta, y yo estaba allí… Es tan sencillo el respeto, y no fuiste constante en eso. No volveré contigo, nunca.
Le monté las flores por la cabeza, e invité al resto de la parrandita a subir. Él quedo solo. Y la parrandita –para algo él le había pagado y tenía que justificar el rato- subió a festejar con nosotros. No sé qué festejábamos. La tía estaba molesta, y sentía lástima por el muchacho: nunca digas nunca.
-Está es mi ley, y soy tan intransigente como tú. Eso es herencia, ¿no crees?
Ella trató de comprender.
Por su ley, ella está hoy como está: sola, con nosotros, sus sobrinos. A diferencia de ella, yo nunca he estado sola, aunque siempre lo sienta así.
unapalabraescrita@yahoo.es
que tengo en el escritorio de la pantalla del computador, me hace suspirar de ilusión. Lo tengo allí porque mi ideal reposa sobre su semblante, aunque en la realidad esto es una quimera. Mi padre se ha molestado porque me ha dado por tener el computador encendido para verlo las veces que quiera, sin contar que mi neurótica ilusión consume electricidad y aumentan las deudas de los servicios básicos.
Entre mis padres y yo existen muy pocos secretos en cuanto a los pretendientes que me rodean y de quien a mi me gusta. Mi padre ha llamado al hombre de mi digifoto: “pataruco”. Y es así como se le conoce acá en la familia. Aunque el pataruco no esté muy enterado de mis ilusiones, yo lo sigo teniendo de fondo de pantalla. Mi madre, por su parte lo llama “cabeza e’bombillo”, y se ríe de estas cosas -sobre todo, por haberme dado la loca acción de hablarle y decirle cosas a esa digifoto… hasta a darle besos a la pantalla del computador-, porque sabe que yo, muy modernamente, concibo el amor de pareja como una acetona. Pero, lo he dudado al comenzar a creer que, al encontrar mi ideal, encontraré el amor exquisito de pareja, y ¡…acabada la acetona!.
Mi mamá saca a flote el ronroneo de aquel extranjero purito, dos años mayor que yo, que se graduó y se marchó con sus padres a Maracay para sacar la ingeniería química. De apellidos Henriques De Sousa es el chico que mi mamá nombra. Por más que tuvo insistencia, no pudo ganarme. Mantenemos una linda amistad virtual. Él está por enterado de este escrito y se ríe muy gozosamente. Bien. Mamá defiende la idea de mi “equivocación” al haberlo rechazado (ya estuviese casada, viviendo en Maracay y con mi primer hijo muy bien bonito) y mi papá me saca lo más realista del pataruco: que es hijo de un extranjero y una criollita de pura cepa, y que sólo le pesa el apellido. Además tiene dos corrales y en cada corral tiene pollitos, y para completar, nos une una distancia enorme. O sea, muchas responsabilidades, muchos obstáculos… casi un imposible. Plantea, si se lograra mi ilusión, que voy a terminar con un pataruco viejo y pobre, que no va a servir ni siquiera para hacer una sopa dominguera.
-(¡Transmutado y cancelado!)
Entre dimes y diretes de ellos en voz alta y mi contemplación y defensa del pataruco –pese a lo que mi padre dice-, molesta, contesté:
-…Es más, el portugués no me hacía ni cosquillas… ¡Este paratuco me quita las plumas!
Ambos se me quedaron viendo fijamente. Ups! Se me salió! Ellos creen que estoy enamoradísima del pataruco, cuando en realidad las “amigas” dicen que fui y sigo siendo una gallina por no atreverme a…